sábado, 7 de julio de 2018

El Atrapasueños (Parte I)

Tendría como 14 o 15 años, era un fanático del Rock (en realidad comenzaba a adentrarme a ese mundo) y había una canción que me encantaba por la letra y el tipo de música. En ese tiempo, estaba muy movido por las historias épicas y de caballería. "Molinos de Viento" de Mago de oz era especial para mi, cuando sonaba esa canción sentía una euforia incalculable y la letra me emocionaba.

"La Leyenda del Hada y el Mago" de Rata Blanca ya había sembrado en mi mucho y después de dos canciones de Mago de oz ("Fiesta Pagana" y la ya mencionada "Molinos de Viento"), necesitaba mas. Así que entusiasmado escarbe en Youtube y la primer canción que escuche (y que no tenía vídeo) fue "El Atrapasueños".

Fue increíble, la letra y la música parecía hecha para mi, en especial por mi problema de insomnio, era mágico. Con el tiempo llegaron más canciones, pero sin duda "El Atrapasueños" tiene un lugar especial siempre. 

Ahora la Historia...




"Dichoso es el que ve
que el cielo y el horizonte
condenados están a tenerse que entender"

Las estrellas fugaces, que muy rara vez se dejan ver, paseaban despreocupadas por la negrura perdiéndose entre la multitud de puntos luminosos que poblaban la noche. Nunca había visto tantos soles brillando sobre él, eran tantos, que el cielo parecía curvase, ya no eran los puntos solitario y titilantes de cada noche, era como si alguna fuerza cósmica hubiera dejado caer sobre una alfombra negra billones de diamantes; ni en las horas más oscuras, ni en los tiempos más despejados, había visto tantas estrellas juntas.
Las luces se reflejaban bajo sus pies, era como si estuviera parado en aguas tan tranquilas que formaban una ilusión especular. No había nada más, en ninguna dirección solo un interminable horizonte; se quedó parado, pensando qué hacer en medio de ese sándwich estelar, entre dos universos que a la distancia unían el arriba y abajo. Intentó buscar la estrella del norte o la osa menor, pero no las encontró, era como si fuera el cielo de otro planeta y aunque las pudiera encontrar no sabría a donde ir, caminar a cualquier dirección sin un punto de referencia únicamente lograra perder a cualquiera. El camino no es importante pero el tener un destino es primordial, en este lugar no sabía si existía algo más que horizonte, pero aun así comenzó a caminar hacia la única dirección que podía, hacia adelante.
Dio una docena de pasos siguiendo la unión del cielo y la tierra, la bóveda celeste se movía acompañándolo y su escolta le resultaba tranquilizadora; siguió caminando, ni sus pasos o su respirar producían eco, era una zona de silencio absoluto; continúo pues era lo único que podía hacer, había perdido la noción del tiempo en marcha y no tenía idea de la distancia, dudaba de seguir adelante, experimentaba la angustia de la desorientación, no había viento ni esperanzas de que apareciera algo en el confín del páramo.
La compañía de las estrellas lo estaba poniendo paranoico, acosaban su soledad al seguirlo, no estaba cansado, era como caminar en el aire; pudo detenerse pero no lo hizo, a cada nueva zancada sonaba más coherente la idea de cesar, pero también le parecía inútil quedarse ahí, el movimiento era lo que generaba todo, sin movimiento no había vida.
Pensando en esto persistió.
Primero no lo notó, pero poco a poco, entre más avanzaba, la noche perdía oscuridad, pronto ya había amanecido con la ligera y única peculiaridad de que no había Sol. Los diamantes se desvanecieron junto al negro de trasfondo para darle lugar a un azul brillante manchado de nubes, nubes que por más que las veía no les podía encontrar una forma.
Ya estaba acostumbrado a lo ilógico de la situación, así que admirando el cielo y sin puntos parpadeantes que lo hostigaran, simplemente siguió avanzando, durante su andar el entorno variaba, en ese día sin Sol todos los climas hacían acto de presencia presumiendo sus atributos, se nublaba a diferentes tonos, desde un blanco nívea hasta un negro tormentoso, en otros pasos llovía con gotas grandes y pesadas, más adelante con finos alfileres acuáticos; a pesar de las gotas, no estaba mojado, se secaba casi al instante y siguiendo su marcha, la luz que venía de ningún sol brillaba sin quemarlo.
Siguió tras la línea que marcaba el fin del mundo, horizonte y cielo unidos en eterno entendimiento, cuando había oscuridad le parecía pasivo el encuentro que se producía a la distancia, lo entendía como un acompañamiento mutuo, en realidad ninguno de los podía estar en soledad; pero ahora con la luz cambiante, aquello que había pensado como una bendición le parecía en realidad una maldición.
El cielo y el horizonte estaban condenados a estar juntos y no pensaba que fuera por su voluntad así como él que estaba condenado a caminar por toda la eternidad; podía detenerse, claro, y se paró a contemplar esa idea, ceso de tajo la larga marcha que llevaba. Él no era como el cielo o el horizonte, el tenía la opción de detener tal locura, si el tiempo o alguno de los universos (el del cielo o el del reflejo) tenían planeado que mantuviera el camino inexistente para toda la eternidad este era el momento de tomar en sus manos este insípido destino.
Se quedó parado viendo como la línea que tenía al frente se extendía a su alrededor. Después de aquel arranque de impulsiva acción, con la cabeza más fría, trato de ver todo bajo otro cristal; si bien él no quería cumplir la condena y no estaba dispuesto a convertirse en el tercero en discordia entre el arriba y el abajo que coexistían a la fuerza, tampoco se podía quedar ahí, vaya triada que serían: el inalcanzable firmamento, el infinito horizonte y el chico detenido por siempre, juntos en la eternidad.
Retomó el paso, no porque quisiera seguir el designio de algún Dios benévolo (o malévolo), no porque quisiera cumplir lo que estaba escrito, o porque sintiera que su destino fuera el andar sin camino; retomó el paso porque, a su modo de ver las cosas, pasar la eternidad caminando tenía más sentido que pasarla en un solo lugar.
No podía decir si fue pronto o tardío, solo fue capaz de diferenciar la extrañeza. La línea eterna parecía deformada, como si su impecable rectitud hubiera sido alterada por algo; entornó los ojos y se dirigió hacia la anomalía sin mucho entusiasmo, seguía siendo solo una leve deformación después de algunos pasos y no esperaba que cambiara mucho, le agradaba que ya no fuera una perfecta línea recta pero no había gran diferencia.
Caminó, a veces pensando, a veces desafiando alguna paradoja universal, a veces molesto con la coincidencia que lo había puesto aquí, algunas otras se encontraba contento con la idea de ser libre de todo, de todos. Tenía la mente ocupada después de tanto caminar, tal vez llevaba años caminando y la soledad lo estaba convirtiendo en sabio, tal vez solo llevaba caminando una hora, ni siquiera estaba seguro de moverse, también parecía que solo caminaba en un solo lugar, como estar en una caminadora eléctrica.
La línea del fondo paso de tener una pequeña anomalía a tener unas notables curvas sísmicas, quizás era su imaginación, no existía una razón por la que el entorno cambiara, en tantos pasos no había un cambio en el horizonte, de cierta manera esa línea también le transmitía seguridad, la luz era engañosa, las estrellas lo perseguían, el tiempo era incierto y la distancia, ambigua; en este punto la línea del horizonte era lo único que parecía constante. La imperfección empezó a tomar volumen o quizás era su imaginación, mientras caminaba la curvatura ganaba más volumen, como una fisura en el fondo.
No era su imaginación, algo había en la unión del confín, podía ser alguna extensión de tierra o un agujero en la realidad; camino con precaución pues no sabía cómo tomar el cambio, después de tanto andar en la monotonía lo diferente parecía sospechoso. Aun así notó que sus pasos se apresuraban hacia la extraña imagen negra.
Se movía más rápido, casi corría hacia la mancha que era ya del tamaño de una puerta y mientras más se acercaba más crecía; más pasos y ya era una indiscutible porción de tierra, como una isla, un oasis en medio de ese desierto de uniformidad.
Sintió la emoción de un bucanero en el nido de cuervo gritando: “¡Tierra a la vista!”.
La mancha dejo de ser negra y ahora comenzaba a tener la tonalidad de la tierra, la roca y la hierba; comenzó a correr, sus pies se habían acostumbrado al letargo y ahora la marcha rápida le costaba un poco. Era improbable pero ahí estaba, creciendo hasta hacerle alzar el cuello, podía ver las playas blancas de arena. Estaría en tierra pronto, faltarían algunos cientos de metros, veía la hierba después de la arena y un camino que, después de lo que había vivido, le parecía maravilloso.
Detuvo su andar, enfrente de él había una figura (en parte) humana, lo había pasado por alto gracias a la sombra que proyectaba la isla. Se acercó para verlo mejor.
Ahí estaba, sentado en posición de loto, levitando a medio metro de la superficie, tenía en la espalda una especie de circulo hecho de ramas; se acercó más, parecía un hombre viejo, aunque no completamente humano parecía alguna clase de mezcla entre persona y árbol, vestía prendas modestas, solo unos harapos que cubrían parte del pecho y la entrepierna, su cabeza solo tenía un mechón de cabello blanco, las cejas pobladas y su barba eran del mismo color.
 Mantenía los ojos cerrados, cargaba un morral cruzado sobre su hombro derecho, era una figura extraña e inusual, caminó hasta quedar a tres pasos de distancia, podía ver las líneas de la madera en su piel, sus articulaciones se marcaban como el nodo de dos vástagos, de cada oreja colgaban pendidas de una larga cuerda dos plumas a modo de aretes; sus manos descansaban en el regazo; podía ver las uñas de sus pies, largas como la de sus manos. Verlo ahí era extraño, pero no estaba solo y con la tranquilidad con la que estaba suspendido era lógico que él supiera algo acerca del motivo de estar ahí o el lugar que era.
Aclaro la garganta para romper su meditación. Carraspeo con fuerza sin obtener ni un movimiento del ser.
¿Hola?  —dijo con cautela cerca de la criatura. No movió ni un musculo — ¿Hola? —repitió alargando las vocales — ¿Hola, hola? —insistía mientras pasaba su palma ante el rostro del ser. Agregó un silbido burlón, la figura no se movió ni emitió sonido.
Volvió a aclarar la garganta y espero un momento, tal vez lo que está frente a él no era   un ser viviente, quizá fuera una especie de estatua tallada en madera. Miro fijamente lo que estaba enfrente a él y despacio, con precaución, acerco poco a poco el índice hacia la nariz ganchuda que tenía enfrente.
Estaba a menos de un centímetro de tocarlo cuando una de las manos de ramas, sujeto rápidamente el dedo.
— ¡Joder!... —suelta ante el sobresalto — ¿Qué caraj…?
— ¡Shhhh! —contesta el ser soltando el dedo de su agarre. Mantiene el ceño fruncido y la frente arrugada por un instante, las manos regresan a descansar en su regazo.
—Me has dado un susto de muerte —el personaje levitante no dice palabra alguna — pensé que estaba solo en este maldito lugar…
— ¡Mmgh! ¡Silencio! —expresa el ser con el gesto enfadado y el índice sobre los labios.
—Sí, claro… disculpa viejo, es solo que llevo no sé cuánto tiempo caminando y no se en donde carajo estoy ni…
— ¡Mmgh! —suelta con enojo — ¡S-i-l-e-n-c-i-o! —dice exasperado abriendo los ojos, las pupilas eran de un tono amarillo ocre antinatural.
Después del repentino estrépito regreso a la postura en la que había estado todo ese tiempo.
—Yo… solo… pero… —guardó silencio antes de que el ser volviera a explotar.
Acababa de encontrar a otra criatura pensante y a pesar del mal genio, luego de estar perdido y solo en la eternidad, necesitaba urgentemente hablar con quien fuere o con lo que fuere; trato de resistir lo más posible, pero no fue mucho.
—Yo… solo necesito saber… ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Qué eres tú? ¿Eres una especie de guardián? ¿Qué hago para salir de aquí? ¿Qué es eso que llevas en la espalda? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Tú me llamaste? ¿Cómo me trajiste aquí? ¿Por qué…?
— ¡Ñaamgh! —Lo interrumpió el ser mitad tronco —Muchas preguntas, demasiadas preguntas —movía las manos enfrente de él como espantando pequeños mosquitos — ¿Qué harás con tantas respuestas? ¿Qué estás buscando? —acusó la criatura con mirada demente y nerviosa, desesperada y en parte enojada —quieres saber tanto, pero dime ¿Qué sabes en realidad, ahora, en este instante? —no esperaba responder nada, era momento de recibir respuestas, no de darlas —¡Anda, dime!... dime —presiona.
—Yo… amm… pero… —balbucea desconcertado —no… sé… no sé… nada —suelta por fin un poco desubicado.
Agacha la mirada.
— ¡Ñaamgh! —dice el viejo hecho de madera y le da dos golpes en la frente con uno de sus dedos —mentira, imposible, no puedes simplemente no saber, no existirías si no tuvieras algún entender… anda dime ¿Qué conocimiento está encerrado en esa pequeña cabeza?
—Yo… sé… yo sé quien soy —contesta ante el interrogatorio.
— ¿Enserio sabes quién eres? ¿Sabes lo que eso significa? —contraataca el ser.
—Bueno… si… supongo, yo soy Lesmes Santiago —levanta los hombros.
—Ese es tu nombre, cabeza hueca, así es como te conocen, tu nombre es un conocimiento de los demás —refuta arqueando las cejas.
—Bueno… nadie se refiere a mi como Lesmes Santiago —argumenta —la mayoría me dice Les.
— ¡Ñaamgh! Otra mentira, ni siquiera tu nombre es lo que debería ser, de seguro te dicen “flaco”, “gordo”, “enano” y cosas por el estilo, ¿quién eres, Les o Lesmes? Eso no es conocimiento —otra vez ahuyenta moscas invisibles cerca de las cienes —dime, conocimiento real, verdades, hechos —acusa ansioso — ¿Qué sabes en realidad? —el joven Lesmes guarda silencio —. ¡Anda dime! —exige el ser. El chico como un ratón acorralado mira hacia todos los lados, el hombre-tronco emite otra vez el gruñido — ¡Habla ya!
—Yo… es que… no se… yo se… —balbucea.
— ¡Anda, habla ya!
—Yo se… se… sé que estoy vivo… respiro, existo…
— ¡Ñaamgh! —otra vez — ¿Enserio? ¿Cómo sabes en realidad que estas vivo? ¡Eh! Esto podría ser el otro mundo, el cielo o… el infierno ¿Enserio exististe en algún momento? ¿Estás seguro de estar vivo? ¡Eh! —Les se mantiene callado, incrédulo y asustado ante tal duda.
Silencio.
El ser tenía razón, nada le aseguraba el estar vivo, quizá este espacio en blanco es el cielo, un lugar sin sol ni cansancio, un momento de reflexión; tal vez era el infierno y su condena era caminar por toda la eternidad.
Estaba condenado.
 No tenía mucho sentido, si ese lugar de nada era el infierno ¿Quién era ese ser? ¿Alguna clase de espectro, algún celador que venía por la cuenta pendiente, un verdugo o acaso un torturador? Una condena no cambia a menos que alguien interceda ¿Era su abogado, un salvador, un extraño maestro en un examen final? Este absurdo no podía ser alguna de las postrimerías, era un limbo, un lugar antes dé, era un laberinto, puntos suspensivos existenciales, tal vez era el interior del ataúd.
Esto era una condena… Condena…
—Están condenados… —comienza Lesmes, el viejo pone atención curioso —el Cielo y el Horizonte están condenados a… a coincidir, ellos no pueden estar solos, no pueden… están condenados a existir uno con el otro… —el ser lo observa con las cejas arqueadas, no mueve ningún musculo — ¿O… no?
Lento y algo extraño el ser jala las comisuras descubriendo unos dientes descuidados con algunos ausentes (uno de los incisivos de la parte de abajo era de oro). Estalla en una carcajada ruidosa, hecha la cabeza hacia atrás y da una palmada en su rodilla.
— ¡Vaya! Pensé que pasaría el infinito preguntando y presionándote de todas las formas posibles hasta que me dieras una razón para continuar —el ser extiende sus piernas para tocar la superficie reflejante, para sorpresa del chico en vez de quedarse parado sobre ella, sus pies se hunden en el agua. Los pies del chico también se sumergen —. Sígueme —termina y da media vuelta.
Por una fracción de segundo, mientras el ser-tronco giraba, le pareció escuchar gruñidos y sonidos guturales a su espalda; el ser empezó a caminar hacia la playa; entretejido en el círculo de su espalda había finas líneas, como hilos de telaraña cristalina.
El chico lo siguió, una vez fuera del agua el viejo extiende su mano y de la arena se levanta un cayado, una vez que Les lo alcanza en la playa el ser le vuelve a darle la cara.
— ¡Muy bien! Ahora que estamos aquí podemos hablar de cosas más serias —comienza —pero antes… —respira profundo — ¿Dónde estás? Pues aquí, este lugar… no sé que es, tu deberías saberlo, yo soy un ser de magia; sí, soy un guardián. ¿Qué haces para salir de aquí? Bueno eso ya lo veremos después. Esto en mi espalda es parte de mí y llevo aquí no sé cuánto tiempo. Yo no te llame, de hecho tú me llamaste; yo no te traje aquí, ese fuiste tú también y… creo que eso era todo —el joven se queda aturdido después del monologo —. Ahí tienes, las respuestas que buscabas.
Lesmes mueve la cabeza en un gesto negativo repetida y rápidamente, como sacudiéndose el polvo acumulado en la caminata.
—Esas no son respuestas… eso… eso no ayuda en nada, no sirve —dice al fin.
—No porque no sea la respuesta que esperabas quiere decir que no sea una verdadera respuesta o que no fuera la verdad.
—Yo pregunté para saber algo útil de este lugar.
—Entonces estás haciendo mal tus preguntas.
El ser seguía caminando, acercándose cada vez más al follaje.
—Y entonces, ¿Qué pregunta debo hacer?
—La pregunta que te dé una respuesta útil, una respuesta que te de conocimiento… ¿No es obvio eso? —el viejo-tronco comenzó a adentrarse a la vegetación, siguiendo un camino antiguo y poco transitado.
— ¿Eso fue sarcasmo?
—No.
Avanzaron algunos pasos hasta perder la playa a sus espaldas. El camino apenas marcado en el suelo terminaba en un claro; al centro del espacio había una pequeña escalinata que llevaba a una especie de templo antiguo, recargada un lado estaba lo que quedaba de una cabeza de piedra, algún vestigio maya o azteca.
—Aquí está —habla el guardián de madera.
— ¿Qué carajo es eso? —contesta Les.
—Querías salir de este lugar y ahí está la forma —señala con la mano extendida a la construcción de piedra.
— ¿Esa es la salida?... genial —agrega mientras camina hacia la escalinata — ¿Qué hay ahí dentro? —pregunta algo preocupado.
—Ni idea —contesta restándole importancia. El joven comienza a caminar al templo —. Espera, no es tan fácil —lo detiene el ser.
— ¡¿Qué?! ¡Ahora qué! —se exaspera.
—Bueno si quieres entrar ahí antes debes de prometer algo —el chico lo ve con desconfianza, sabía que alguna trampa había en todo eso —. Debes prometer venir aquí y aprender, solo así saldrás del todo.
— ¿A qué te refieres?
—No sé qué encuentres ahí adentro, ni tampoco sé que vaya a suceder después de que entres, pero una cosa es segura, vas a aprender.
—Entonces ¿Es una salida?
El ser mueve sus manos dubitativo, como contemplando las opciones —Si… es una salida.
— ¿Y es segura?
—Ni idea…
— ¿Y… hay otra forma de salir de aquí?
—No lo sé, tal vez si regresas a la playa y caminas en alguna otra dirección encuentres algo más, tarde o temprano.
—Pensé que tú eras una clase de guía o de sabio ancestral —el guardián se encoje de hombros —. ¿Me estás diciendo que tengo dos opciones: o regreso a caminar en el limbo, o entro a ese lugar donde no sabemos que ocurra?
—Sí… la vida es un azar, hay que arriesgar para conseguir algo. La vida necesita riesgo.
—Estoy jodido.
Se queda inmóvil, analizando las opciones, tratando de descubrir algo que incline la balanza a una opción o a otra; esperaba alguna señal divina. Comienza a subir los escalones (4 escalones para ser exacto), se detiene enfrente de la entrada del templo, adentro solo se ve oscuridad. Voltea a ver al viejo-árbol, esta recargado sobre el báculo con su círculo en la espalda.
— ¿Quién eres tú por cierto? —pregunta antes de dar el último paso y perder de vista el paisaje y al guardián.
— ¿No lo recuerdas?... Yo soy el Atrapasueños, claro —afirma con una sonrisa —. Yo te enseñare a vencer a tu enemigo y mientras mi protección este contigo, las pesadillas no te tocaran.
—Pesadillas… —repite Les antes de adentrarse al templo.
Siente la oscuridad fría acompañada de una brisa breve, da un paso más y todo se vuelve oscuridad.

La calma se rompe con el repetitivo e insistente tono de la alarma, su mano alcanza el despertador y apaga la voz del tormento; se incorpora viendo a todos lados, reconoce de inmediato su entorno que, aunque caótico, le resulta confortable. Los posters de bandas de rock, la ropa regada en el piso, sobre el escritorio hojas sueltas aquí y allá. Está en casa.
Voltea lento hacia su cabecera, colgado del centro pende un aro hecho de ramas con un intrincado patrón de hilos y nudos al centro, ahí enredado había una cuenta que, para ser sinceros, no recordaba que estuviera ayer; había tres pares de plumas colgando del círculo de ramas.
Ahí estaba el “Atrapasueños”, desde hace una noche.

domingo, 17 de junio de 2018

Segundo Fragmento – El Bosque Dormido


Atrapada.
Flotando en la nada, cubierta de eternidad; sus sentidos se abruman y entorpecen, solo siente la oscuridad con el inquietante tacto que pasamos por alto más a propósito que inconscientemente. Trata de pensar, de organizar sus recuerdos separando la imaginación de los hechos; poco a poco recupera su pasado y la eternidad se vuelve angustia, sus sentidos reaccionan. Respira por primera vez en mucho tiempo, siente en la pierna izquierda la sensación pegajosa de la sangre seca y extrañamente, un frio ajeno a su cuerpo; inhala y el aroma del musgo llena sus pulmones, recuerda sus dedos, los muñones de la mano no duelen pero siente comezón, escucha a su alrededor el crujir de ramas.
La oscuridad pierde intensidad, siente la necesidad de abrir los ojos, una voluta de vértigo se precipita en su interior, escucha voces rodeándola, inevitable y necesariamente cae a la realidad.
Despierta.
Pasos apresurados se alejan de ella. Tarda unos segundos en cobrar conciencia del entorno; se incorpora apresurada, siente un pinchazo agudo de dolor, lanza las manos al encuentro de su pierna, tiene un vendaje de hojas y ramas sosteniendo una compresa de musgo y hierba donde solían estar su meñique y su anular.
 —No te lo quites… —se escucha en forma apresurada.
—Aún no ha secado… —continuúa una voz similar.
—No lo toques… —tres voces.
—Lo arruinarás… —cuatro.
—Debes esperar… —cinco.
—Que cierre la herida… —seis.
—La pierna está muy mal… —una más.
—No la toques… ­—repite la tercera voz.
En solo unos segundos las voces comunican lo que deben, suenan igual que el viento entre las ramas, rápido y por lo bajo, como un bisbiseo.
— ¿Quiénes son?— dice Entropía mientras voltea en todas direcciones, escudriñando entre los árboles que rodean el claro— ¡¿Quiénes son?! —repite desesperada buscando a quienes hayan emitido las voces.
Solo se escucha un susurro como si las ramas conversaran usando el viento. Aparece un par de ojos a unos escasos centímetros del suelo, la singularidad apunta a ellos con la mano extendida; aparece otro par al lado del primero y después otro, en un instante todo el bosque se llena de ojos. Está rodeada e indefensa, sin magia; el instinto de supervivencia le hace ponerse de píe, muchos de los ojos desaparecen después de esto. La Entropía voltea en todas direcciones, intenta dar un paso antes de caer de bruces.
—No te haremos daño —dice una de las voces.
Un pequeño hombrecito de no más de treinta centímetros sale de entre los árboles. Tiene la piel colgada y suave, como la de un viejo entrado en años, los antebrazos están cubiertos por piel más áspera parecida al lodo seco; las manos huesudas, los pies descalzos cubiertos por la misma piel rugosa en el empeine; la nariz es grande, del tamaño de un tomate mediano; viste ingeniosas prendas hechas de corteza y hojas. Se acerca con las manos abiertas y alzadas en un gesto de paz, los mechones de cabello castaño  parecen hojarasca.
 —Tranquila… —Continúa diciendo al acercarse.
A su espalda empiezan a aparecer criaturas similares, las hay más chicas pero ninguna más grande que un perro.
—Nosotros no te herimos… —Comienzan poniéndose a la par del primero.
—Así te encontramos…
—Envuelta en humo amarillo… —Las voces crean una melodía desajustada llena de matices diferentes, da la ilusión del viento entre el verde.
—Tienes huella de magia… —Comenta otro rápidamente apuntando al muñón de la mano.
—Magia muy poderosa… —Agrega un pelirrojo, de los más pequeños del grupo. La Entropía ve su mano mutilada, prueba fehaciente del sacrificio.
—Ya… ya… —Habla el primero otra vez abanicando sus palmas arriba y abajo para disminuir la velocidad verbal de sus iguales —Necesitas descansar, tus heridas deben cerrar bien.
—No hay tiempo —contesta la Entropía —Muchas gracias por la ayuda pero no puedo esperar —se pone de pie con esfuerzos dolorosos que terminan con ella nuevamente sobre la hierba.
—Es inútil… —Suena otro conjunto de voces a espaldas de la singularidad.
—La pierna está muy mal… —Enfatiza una voz repetida.
La Entropía se las arregla para voltear y ver al otro grupo de seres.
—Necesitas un bastón… —Vuelve a hablar el primero en aparecer.
El grupo que antes estaba en su espalda deja sobre el piso un par de raíces enredadas que forman una especie de cayado, es casi del tamaño de tres de los seres parados uno encima del otro. De una manera siniestra ver el bastón sobre la hierba, sin vida, le hacía recordar al hechicero que había llegado a su castillo para matarla.
Le toma un minuto silencioso decidirse a tomar el báculo.
—Gracias —dice haciendo una pequeña reverencia con la cabeza —. Ustedes… ¿Qué son? —pregunta con cautela.
Las criaturas sonríen.
—Guardianes…
—Curanderos…
—Amigos de los árboles…
—Somos espíritus del bosque…
—Somos Trolls de tronco… —Habla entusiasmado uno de ellos para concluir la lista.
—Ahora déjame preguntar… ¿Tú fuiste quien nos dio vida? —apunta con su dedo huesudo el primero que hablo.
—No... —Responde la singularidad mientras camina despacio adaptándose al bastón —ustedes no estaban muertos, estaban dormidos, yo los desperté a ustedes, a todos y a la magia propia del bosque —los pequeños Trolls se ven unos a otros intercambiando susurros — ¿Qué es lo último que recuerdan? —se hace un breve silencio.
Todos ven al piso tratando de escarbar en tiempo antiguos.
—Había guerra…
—Y un mago…
—El bosque ardía…
—Una bruja…
—Una bruja termino con la guerra… —Dice el que había tomado la iniciativa de todo, parecía ser su líder o al menos alguien de confianza.
—Yo terminé la guerra —termina la singularidad para cerrar el recuerdo —. Yo dormí al bosque y a todo lo que estaba en él.
—Eso quiere decir…
—Pero entonces…
—Tú eres…
—Eres…
—Ella es… es…
—Sí, yo soy el caos —asegura sosteniéndose de las raíces torcidas de su bastón.
Hay una exclamación general de asombro y uno por uno se inclinan ante la mujer que había revelado su identidad a pesar de que no era un secreto.
—Mi señora… si nosotros despertamos, eso quiere decir que… —despacio, aun sobre su rodilla y viendo al piso, habla el líder.
—El mago también despertó… —comenta apresurado el pelirrojo poniéndose de pie, esto rompe la reverencia y todos se levantan.
—No, el mago ya no despertara, los humanos perecen; nosotros, los espíritus del bosque y las fuerzas de la naturaleza, somos eternos —ante tal comentario, los pequeños espíritus verdes sonríen, solo el primero guarda la expresión preocupada.
—Entonces… Mi señora, debe de haber una razón muy poderosa para que haya decidido despertar este bosque dormido… a un precio tan alto —suelta regresando la seriedad al grupo.
—Necesito refugio, un hechicero quiere mi poder  y tuve que huir para evitarlo —la preocupación se propaga de un rostro a otro —él vendrá, necesito un lugar donde pueda esconderme el tiempo necesario para contactar a mi hermano… este es un asunto que nos involucra a todos —la preocupación se convierte en miedo, el susurro de las criaturas se convierte en un rumor.
—Si podemos ayudarla… Mi señora… —ofrece el Troll.
—Ya han hecho bastante por mí, de no ser por su ayuda habría muerto —afirma sincera la Entropía —solo necesito saber ¿en dónde estamos exactamente, en qué parte del bosque?
El bullicio resucita mientras el Troll pelirrojo busca en el suelo una rama acorde a la tarea de pincel.
—Aquí, aquí —dice el pequeño ser apuntando con la rama elegida a una pequeña porción de tierra entre la hierba —este es su castillo —dibuja una figura en la tierra, una especie de “U” angular —desde ahí, al este, se pueden ver las montañas gemelas —agrega al “mapa” una “M” obtusa —al sur se encuentra el gran río —dibuja un par de líneas paralelas curvas —este bosque abarca desde la primer montaña al este y hasta el gran rio —dibuja un arco uniendo los dos puntos —al fondo del bosque, cerrando el valle esta la cordillera de los tres picos —en la última punta de la “M” agrega un triángulo sin base y dos más abajo, cerrando el arco que había dibujado hace un instante.
—Falta el lago… —Comenta otro pequeño ser.
—Cierto, por aquí, entre la cordillera y las montañas —dibuja una figura curvilínea, como un circulo deformado  —el lago es alimentado por un arroyo que cruza entre las montañas gemelas —conecta una línea curvada de en medio de la “M” a la figura curvilínea —hay tres afluentes del lago, uno pasa entre la cordillera, otro llega hasta el gran río y el ultimo es el que pasa por su castillo, mi señora—dibuja las tres líneas curveadas en donde debe —. Nosotros estamos justo aquí —acota dibujando una marca  entre los arroyos más cercanos al castillo de la Entropía.
—Muy bien —contesta la singularidad mientras analiza el dibujo en la tierra —¿En qué lugar debo esconderme? —les pregunta.
Comienza una larga lista en voz de todas las criaturas.
—El arco de árboles…
—No, muy expuesto…
—El claro de las rosas…
—Estás loco, muy cerca del borde…
Muchas opciones, todas con características similares, nada que pudiera convertirse en una fortaleza provisional. Siguen diciendo lugares y discutiendo entre ellos en un murmullo ininteligible; solamente el líder se queda callado pensando.
—La Torre Rota —dice fuerte para sobresalir de entre el ruido, todos guardan silencio al escuchar el nombre —Si el mago ya no está, la torre es la mejor opción.
Un silencio cubre el claro.
—¿En dónde está la torre? —pregunta la Entropía. Esta vez el líder toma la vara y se dirige al dibujo.
—Cerca de la cordillera… más o menos por aquí —dice dibujando un rectángulo vertical en un punto medio entre el lago, la cordillera y el gran río.
—Eso servirá —la guarida de un antiguo mago podría contener ayuda y recursos valiosos para su cruzada —pero antes, debo ir aquí —agrega apuntando al lago.
—No… imposible…
—Muy peligroso…
—Muy cerca de las criaturas grises…
—Puede morir… mi señora… —Revive el bisbiseo con advertencias y exclamaciones.
La singularidad entendía las razones de las pequeñas criaturas; esta era su batalla, su guerra, era un asunto entre el hechicero y las singularidades, los pequeños Trolls de tronco eran daño colateral,  habían caído dormidos para salvar su bosque y ahora estaban en peligro otra vez.
—Es importante que llegue al lago, el hechicero no se detendrá y debo tomar todas las medidas posibles, físicas y mágicas;  hay mucho en juego, dos de nosotros han caído aunque no parecía posible, ustedes ya han hecho bastante, sin su asistencia, habría perecido… busquen refugio también.
—Necesita apoyo… mi señora… este es nuestro bosque y aunque no seamos guerreros… estamos a su disposición… —Termina el primero en hablar con una reverencia masiva de Trolls a su espalda.
No era la primera vez que la vida de este mundo la sorprendía.
—Es un honor… contar con ustedes… —Dice la singularidad haciendo también una reverencia.
—Ustedes —dice el primero señalando a un grupo de cinco seres —vayan a la Torre, revisen los arreglos que deban hacerse —los pequeños asienten al mismo tiempo y se dirigen rápido a su destino —. Nosotros —dice señalando al Troll pelirrojo, a él y a dos más —acompañaremos a…
—Entropía —contesta la singularidad.
—… a Entropía al lago —retoma —. Los demás, vayan a todo el bosque, avisen a los que puedan, consigan ayuda… si alguien sabe algo del hechicero, quiero que nos avisen de inmediato, usen aves como mensajeros… —Mira fijamente a la Entropía, con determinación —andando, si apretamos el paso, llegaremos antes del crepúsculo…Mi señora… —Termina y comienzan el camino.
La Entropía sonríe.
—Gracias… —Comienza a caminar.




sábado, 16 de junio de 2018

Primer Fragmento – La Tercera Singularidad


Corre.
Corre porque es la única opción, con todas sus fuerzas, con todo su aliento y a cada zancada siente que muere; las heridas sangrantes y la agonía física le dan un miedo tan humano que siente como su singularidad desaparece. Ella no puede morir, por su puesto, de eso estaba segura, pero con la misma seguridad sabía que había cosas peores que la muerte; era una ironía que la prueba de esto fuera real para la muerte misma, ni el tiempo o los oráculos pudieron ver con antelación lo sucedido.
En este mundo hay muchas historias y peligros, pero ninguno de ellos parecía una amenaza, aunque aseguraba que de haber conocido la historia, tampoco habrían hecho algo.
— De nada sirve escapar… ¡Es tu fin! ¡El fin de todos!… ¡Y no hay nada que puedan hacer para evitarlo! —asegura poseído.
Un destello morado explota después del grito arrebolándose en el cielo nocturno, un quejido moribundo se extiende desde el origen matando criaturas y arboles; apenas logra escapar de la luz asesina, del hechizo de muerte; si logra llegar al bosque tal vez tenga oportunidad, después de todo ella es “el caos” y también conoce magia. Se arrastra unos metros más, la pierna izquierda ya no responde, el meñique y anular del mismo lado penden apenas sujetos por los tendones expuestos, la sangre se torna negra a la luz de la luna media. A su espalda, la figura del bastón da pasos seguros tras su presa, sabe que es el fin para la tercera singularidad.
Con la vida apenas sujeta al cuerpo, el caos  se detiene a la orilla del bosque con la cabeza agachada y luego de unos segundos da media vuelta.
— ¡Vaya, vaya! No pensé que serias orgullosa… Entropía quiere morir con honor… que sorpresa —pronuncia lento con los ojos clavados en su herida víctima.
—Nunca lograras lo que te propones —dice con la voz cansada pero furiosa. Toma la mano mutilada y la sostiene sobre el vientre, aprieta los dedos haciendo fluir la sangre. Sonríe de manera triunfal.
—Se acabó… Es…
—Estas perdido… —lo interrumpe la Entropía con toda tranquilidad dejando perplejo a su persecutor, la sonrisa de la demacrada singularidad pasa de ser triunfal a eufórica.
Era imposible que luchara contra el hechicero, tenía suerte de haber llegado tan lejos y aun así estaba plantada frente a él retadoramente, como si la balanza estuviera a su favor. El hombre del bastón la observa en silencio, tratando de descifrar su plan, estudiando cada uno de sus movimientos; las singularidades son cúmulos de magia y contradicciones que pueden alterar todo en un segundo, eso lo había aprendido de la peor manera y a pesar de haber acabado con dos de estos seres no se pensaba en ventaja, nunca confiaba en el curso dela vida. La sonrisa desaparece de los labios de la presa, inhala y sujeta los dedos colgantes, hala de ellos para arrancarlos; antes de que se acabe ese instante el brazalete del hechicero refulge en verde, la textura de luz y hueso hacen que parezca una serpiente enrollada en su brazo.
Puede ver a la Entropía en la orilla del bosque con la cabeza agachada, se acerca más, nota las gotas de su sangre caer al suelo; el mago es un espectro en el recuerdo que parece deshacerse en humo y partículas con cada movimiento. Da dos pasos hacia ella y la rodea, escucha un ligero susurro, palabras rápidas ininteligibles, se da la vuelta antes de pronunciar las últimas; el otro hechicero llega cubierto por una túnica y sosteniendo su bastón de cráneo, su rostro está cubierto de una negrura espesa para esconder su pasado ser. El momento crucial se repite para que pueda encontrar el detalle que paso por alto hace un instante. Sigue sin entender, tal vez las palabras hayan sido un hechizo, pero si no se ha manifestado energía  es inútil, ninguna magia es espontanea, todo tiene un costo y a pesar que las singularidades están hechas de energía esta no puede crear nada sin que exista una manifestación, cuanto más grande o compleja sea la magia más energía se necesita y a Entropía le queda muy poca; tal vez solo está alardeando, una mentira para infundir miedo, pero el instinto del hechicero le advierte que no es así. «Estas perdido» repite la copia temporal de la singularidad y ve en sus ojos un destello tenue de color amarillo, baja la vista de inmediato con todo moviéndose en cámara lenta.
— ¡Los dedos… se va a arrancar los dedos…! —Dice en la memoria lo obvio  y comienza a entender todo de repente —Sacrificio… —pronuncia lento mientras regresa del pasado.
Entropía separa los dedos rompiendo el tendón, exhala en un grito ahogado y los arroja a la orilla del bosque, el mago levanta su bastón con las cuencas vacías del cráneo llenándose de luz, dirige a su contrincante un golpe de energía morada, pero es demasiado tarde. En el suelo cubierto de hojas muertas, la carne, sangre y hueso de la singularidad se disuelven en un humo amarillento; la casi muerta Entropía se deja caer de espaldas esquivando el golpe del hechicero y, cuando su cuerpo toca las hojas, desaparece.
— ¡Nooo…! —Grita el hechicero.